todo sobre la mujer y la menopausia

“¿Sexo?¿Y eso qué es?”

Lola Mariné,  “¿Sexo¿ ¿Y eso qué es?”

Ganadora del 2º premio  Modalidad 1 (situación vivida en primera persona) 

II Premio de Relatos cortos de humor “ella y el abanico” en torno a la meno/andropausia.

Estaba convencida de que mi vida sexual había terminado para siempre; «otra etapa superada», me dije, resignada. Al fin y al cabo, la vida era eso, ¿no? ir superando etapas, cerrando capítulos… «Pero otros nuevos se abren», me apresuré a añadir para mi misma, imprecisa, en un intento de rechazar aquel pensamiento tan apocalíptico. La imagen que aparecía en mi mente de puertas cerrándose a mis espaldas hasta llegar a la última: la de mi ataud, no resultaba muy alentadora.

Lo cierto era, no obstante, que sin marido, sin pareja estable, el sexo había pasado a ser un asunto menor en mi vida cotidiana. Y la verdad es que no lo echaba en falta. Pensaba que mi furor uterino —que lo tuve— se había disipado con la menopausia y los sofocos.

No es que hubieran dejado de interesarme los hombres ni me faltaran los «pretendientes», pero el que no lucía una hermosa barriga cervecera, era calvo —o ambas cosas a la vez—, fumaba puros, y su conversación no iba más allá del último partido de fútbol que había visto en la tele y las gracias de sus nietos. Todos me parecían viejos, aunque tuvieran mi edad, pero es que yo estaba estupenda, si se me permite la inmodestia. Iba al gimnasio tres veces por semana, comía sano y mantenía una buena figura; tenía inquietudes culturales: asistía a cursos y conferencias, iba al teatro y a conciertos y formaba parte de dos clubs de lectura. No me quedaba tiempo ni paciencia para empolvarme la nariz, vestirme como un árbol de Navidad y salir a la caza del macho —o lo que quedara de él—, como hacían algunas de mis amigas.

Aunque tampoco me faltaban los jóvenes admiradores, MUY jóvenes, he de aclarar. Y no se me escapaba que a esos solo les atraía el morbo de echar un «quiqui» con una mujer madura; el sueño erótico de cualquier adolescente. Por otra parte, fuera del sexo, ¿de qué podría hablar yo con una criatura que se asombraba al descubrir que Paul McCartney había formado parte de los Beatles, aquel grupo musical prehistórico del que oyeron hablar a sus padres alguna vez?

Sí, lo confieso, con los años me había vuelto muy exigente y tenía claro que estaba mejor sola que mal acompañada.

            A mí los que me gustaban eran los cuarentañeros, esos que todavía lucían un bonito cabello salpicado de seductoras canas, con incipientes patas de gallo que les otorgaban un semblante risueño y los hacía irresistibles cuando sonreían. Sí, las mismas patas de gallo contra las que luchamos las mujeres desde los treinta para que no delaten nuestra edad…

Pero para ellos, lamentablemente, yo era del todo invisible. A esos galanes de mediana edad que contemplaban con terror la sombra alargada de la «pitopausia» asomando por el horizonte de sus vidas, solo les atraían las jovencitas.

            Recuerdo una tarde de primavera, yo estrenaba un vestido precioso que me había comprado en las rebajas y que me sentaba como un guante; salí de casa con la cabeza alta, segura de mi misma, observé de reojo mi propio reflejo al pasar ante un escaparate y sonreí complacida: estaba divina. Entonces vi a un hombre bastante atractivo que venía en dirección contraria y me dedicaba una sonrisa con expresión admirativa, mi ego subió varios enteros de forma inmediata y le devolví una risita nerviosa, coqueta. Ya no estaba tan acostumbrada como antes a despertar el interés de los hombres por la calle, y tenía que admitir que algo que me había molestado tanto de joven se convirtió, en la madurez, en una suerte de halago silencioso, por lo infrecuente, y lo agradecía como un perrillo una caricia.

El caso es que el hombre pasó junto a mí y no pude evitar echarle una ojeada por encima mi hombro, con disimulo. El alma se me cayó a los pies en décimas de segundo cuando descubrí al individuo dedicando un pase torero, con «Ole» incluido, a una chavalita que caminaba justo detrás de mí ataviada con una minúscula faldita, que más bien parecía un cinturón ancho, y que dejaba al descubierto unas piernas larguísimas, conjuntada con un top también escaso de tela, que permitía admirar un estómago odiosamente plano adornado en su centro —o sea, el ombligo— con un delicado piersing. ¡La expresión bobalicona de aquel mentecado la había provocado ella, no yo!

            La chica se limitó a dirigirle al tipo una mirada desdeñosa y pasó, altiva, por detrás de mí, que me había detenido en el colmado pakistaní de la esquina y tenía la cabeza prácticamente hundida en una caja de fresones —muy baratos, por cierto—, del chasco que me había llevado; lo que me permitió comprobar que la sílfide superaba mi estatura en varios y humillantes centímetros —no sé qué comen las chicas de hoy para crecer tanto—, o a lo mejor era que yo me había encogido de repente confiando en que el suelo se abriera a mis pies en cualquier momento y me tragara con vestido nuevo y todo.

            Pero, en fin, son cosas que pasan, y al rato me estaba riendo de la anécdota con mi amiga Silvia, ante una jarra de cerveza.

            —Bueno, ¡qué más da! —decía ella, pragmática—, si luego tampoco quieres seguir adelante con ninguno porque te da pereza hasta desnudarte, como me has dicho muchas veces.

            —Es verdad —reconocí—. Y además, a ver cómo te libras después del pollo en cuestión. Porque yo ahora sería incapaz de dormir con un tío roncando a mi lado toda la noche.

            —¡Ay! ¡Quita, quita! Que estamos muy bien así.

            —Sí… —admití sin mucho convencimiento.

            En verano me fui de vacaciones a Italia. ¡Ah, Italia…! ¡Los italianos…! Allí la edad no importa, todos tienen un piropo, una sonrisa, unas palabras amables que dedicar a una mujer.

            Un día, mientras admiraba la caída de la tarde sobre el Coliseo romano saboreando un capuchino en la terraza de un bar, se me acercó un hombre; tendría unos treinta y pico, se llamaba Paolo y era guapísimo. Charlamos un rato y me invitó a cenar; bebimos, nos reímos, paseamos por las calles de la ciudad eterna, y tras echar una moneda en la Fontana de Trevi, me besó; me dijo que ese era el deseo que había pedido: besarme. Yo me derretía como uno de aquellos deliciosos gelati de su tierra y me dije: ¿por qué no? Estaba de vacaciones y me había dejado las inhibiciones en casa.

Me llevó a un pequeño apartamento, me sirvió una copa y me desnudó con urgencia. Cuando su ansioso miembro penetró en mí, el encanto se rompió de súbito y sentí como si mil cuchillos atravesaran mi vagina; ¡el dolor era horrible! pero no me atreví a decir nada, me daba vergûenza, y aguanté como pude. Durante varios días hacer pis se convirtió en una auténtica tortura. ¿Qué me estaba pasando? ¿La falta de uso me había devuelto la virginidad?

Cuando regresé a casa le conté a Silvia lo ocurrido y me aconsejó que me comprase un consolador, «para practicar tranquila a solas», me dijo; y ni corta ni perezosa me arrastró a un sexshop del que no recuerdo nada en absoluto porque no me atreví ni a levantar la cabeza, y después, con la misma resolución, me llevó a la farmacia a comprar una crema especial. Me dio las instrucciones que consideró oportunas y me envió para casa a cumplir con mi delicada misión.

            Yo me lo tomé muy en serio y practicaba a diario, y debo reconocer que le cogí el gusto al asunto. Aquella «cosa» era suave y agradable y se adaptaba a mi cuerpo y a mis deseos a la perfección, no como la taladradora de Paolo.

            La práctica exhaustiva me devolvió la confianza en mí misma y en mi sensualidad; lo que me vino muy bien, porque algún tiempo después conocí a David, un divorciado de mi misma edad que está de muy buen ver y tiene la cabeza perfectamente amueblada. Ahora es con él con quien practico, y me he dado cuenta de que el sexo es como las pipas: cuando empiezas a comer ya no puedes parar.

 

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