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Ser fuerte no es una elección

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A veces, la vida nos pone piedras en los bolsillos para que descendamos hasta la más cruda realidad. Es entonces cuando no queda más opción que la de ser fuerte, conjugar la armadura con la espada, actuar con inteligencia y aprovechar la energía de un corazón inoxidable. Sin embargo, tarde o temprano la entereza se apaga, se rompe, se agota…

Fuente: https://lamenteesmaravillosa.com/ser-fuerte-la-unica-opcion/

 Cuando leemos algún clásico sabemos casi al instante en qué momento la fatalidad comienza a hacer sombra. Leer a Virgilio, a Shakespeare o a Dickens supone aguardar ese momento en que surge esa grieta que todo lo altera, ese pliegue que todo lo contiene y lo cambia. Como lectores curtidos que somos, sabemos anticipar incluso en qué instante se va a desencadenar la traición, la trampa, el error o la tragedia.

Sin embargo, en el escenario de nuestras vidas, menos literarias y con más aristas, rara vez anticipamos que el curso natural trama alguna sutil venganza contra nosotros. Pocos logramos anticipar, cuando avanzamos en línea recta centrados en nuestros sueños, quehaceres y proyectos, que el destino tiene otro plan: abrir una trampilla bajo nuestros pies para susurrarnos aquello de “ahora toca esperar, ahora tus ilusiones quedan (al menos) aplazadas”.

Nadie nos explicó nunca qué es eso llamado adversidad; de hecho se presentó ella misma, en primera persona, como maestra. A muchos, nos educaron bajo la promesa de que quien se esfuerza obtiene recompensas; que si amas, cuidas y atiendes no te abandonan; que si confías, las cosas buenas llegan. Sin embargo, la vida suele tener a veces una brújula mal calibrada, de esas que no marcan el norte, de esas donde se nos obliga a ir por el camino más largo, el más duro y más complejo…ahí donde no queda otra opción más que la de ser fuerte (o parecerlo al menos, para que el destino se asuste y achante la “muí”).

Sí, la persona fuerte tiene más riesgo de sufrir depresiones

En la actualidad, hay muchos libros de autoayuda y artículos de crecimiento personal obsesionados en enseñarnos cuáles son las 7, 8 o 12 características de las personas “fuertes”. Existe la idea equivocada de que la debilidad o la vulnerabilidad nos aboca irremediablemente a la enfermedad mental. Así, siguiendo esta línea argumental, ser “mentalmente fuertes” nos permitirá capear, evitar y defendernos con eficacia de los trastornos de ansiedad o esa distimia que nos atrapa y que difícilmente nos deja escapar.

Todo tiene matices, no lo olvidemos: las personas acostumbradas a ser fuertes son las que tienen mayor riesgo a la hora de desarrollar una depresión. Pensemos, por ejemplo, en los cuidadores que atienden a sus familiares dependientes.

A menudo, luchamos por mantenernos fuertes por los demás, por ofrecer la mejor versión de nosotros mismos y conferir así seguridad, solvencia, eficacia, cercanía, esperanza y positividad. Sin embargo, no nos damos cuenta de que lo que hacemos muchas veces es “actuar”, seguir un papel que nosotros mismos nos acabamos creyendo; eso sí, sin saber que nos estamos traicionando.

  Traicionamos nuestros sentimientos más genuinos, esos que se alborotan en nuestro interior: miedos, incertidumbres, ansiedad, sensación de soledad… Hasta que tarde o temprano “nos rompemos”, y lejos de pedir ayuda, nos callamos; o lo que es peor, seguimos priorizando obsesivamente las necesidades o los deseos de los demás…

Todos lo tenemos claro, en el libro de nuestra vida también hay epopeyas, también hay retos que no pedimos, tragedias que nos vinieron dadas y pruebas de valor que estamos obligados a sortear. Sin embargo, en esta narrativa del día a día donde a menudo se nos ve como héroes porque podemos con todo y donde no osamos emitir una queja o una lágrima, hay una falta de ortografía que cometemos de forma constante: descuidarnos a nosotros mismos.

“La fuerza más fuerte de todas es un corazón inocente”

 

Si ser fuerte es tu única opción, acepta tu vulnerabilidad, porque lo vulnerable no trae debilidades, sino la conciencia de que a veces necesitamos detenernos y simplemente, respirar profundo. Ser fuerte no es ignorar el enfado o la contradicción, no es perdonar una diez y cien veces lo que hace daño hasta perder la dignidad. Ser fuerte no es tampoco actuar con dureza, imponiendo las propias perspectivas para crear entornos autoritarios con el fin de mantener el control sobre lo que nos rodea.

 En realidad, lo que nos hace débiles es ocultar nuestro propio “yo” al mundo. Si nos preocupamos en exclusiva por mantener nuestra reluciente coraza para aparentar eficacia, fortaleza y la apariencia de que podemos con todo y más, aumentaremos de forma progresiva esa distancia insalvable entre lo que “soy” y lo que “muestro”, entre lo que “ofrezco” y lo que verdaderamente “necesito” en un momento dado.

Así, una forma de hacer uso de esa llave resiliente que abre la puerta de nuestra autoestima consiste en revelarnos como seres genuinos en cada momento. Porque uno puede ser fuerte, pero al mismo tiempo capaz de pedir ayuda cuando así lo necesite. Porque tampoco es menos fuerte quien en un momento dado favorece el desahogo emocional para aunar fuerzas…

Para concluir, ser fuerte en un mundo donde no se entiende aún el valor de la vulnerabilidad dificulta sin duda nuestra capacidad para favorecer ese bienestar psicológico que necesitan nuestros auténticos héroes. Esos que cuidan de los demás, esos que en un momento dado, se vieron obligados a encarar la adversidad sin que nadie les previniera antes de que la vida, a veces, es mucho más dura de lo que nos explican los libros…

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