Ay … qué poco nos cuesta encontrar el modo de disculpar nuestros comportamientos y acciones y qué poco nos cuesta no sólo culpar sino además condenar a los demás por comportamientos y acciones similares.

¡Y cómo nos enfadamos cuando son los otros los que nos condenan a nosotros!

Hasta el punto en que podemos sulfurarnos y sentir cómo nos sube la rabia y se nos desata la bilis: “ Pero ¿cómo se atreve ? ¿quién se ha creído que es?”

Somos muy indulgentes con nosotros mismos. Y en cambio, hacemos una crítica despiadada e implacable a los vicios, defectos y errores de los demás.

Sí, somos muy sensibles a los vicios de las personas que nos rodean, y en cambio no somos nada sensibles a los nuestros, como queda recogido en esta anécdota de los tiempos de Platón:

El filósofo griego Aristipo era muy goloso. Un día en que Platón se encontró con Aristipo cuando éste volvía de comprar pescado, Platón le recriminó:

– ¿No te parece que ya has comprado más pescado del que necesitas para el hambre que tienes?

– Tienes razón, – le contestó Aristipo-, pero he pagado muy poco por este pescado. Sólo 2 óbolos.

– Oh!, – se sorprendió Platón, y añadió: a este precio yo también habría comprado tanta cantidad

Entonces fue cuando Aristipo le dijo a Platón: Quizás yo sea goloso, pero lo que sí es seguro es que tú eres un avaro, Platón.

Fácilmente consideramos que los vicios, defectos y errores de los demás son características fijas e inamovibles en ellos, mientras que pensamos que nuestros “pequeños defectos” que nunca llegan a vicios –¡faltaría más! qué palabra más fea aplicada a nosotros mismos- son circunstanciales y por lo tanto perdonables. Si los que están a nuestro alrededor han salido perjudicados por nuestros “pequeños defectos”, nosotros, más que los causantes de sus perjuicios, no somos nada más que pobres víctimas de las circunstancia que han obrado a través nuestro.

Cuando llegamos tarde a una cita siempre tenemos algo a lo que atribuir el retraso.

En cambio, cuando es el otro el que llega tarde, las circunstancias a las que apela siempre nos parecen justificaciones. ¡Incluso cuando sus circunstancias son las mismas que hemos alegado nosotros en otras ocasiones similares!

Para los demás exigimos resultados, acciones, mientras que para nosotros nos basta con “haberlo intentado”, con “haberlo tenido en mente”. Porque, obvia decir, que suponemos que lo que tenemos en mente es perfectamente realizable y que su realización va a resultar lo mejor de lo mejor. El truco y el autoengaño está en asegurarnos de que nunca llegue ese día. Por si acaso.

¿Por qué valoramos diferentemente las intenciones nuestras y de los demás?

¿Dónde está el problema?

Como humanos, las personas tenemos la necesidad psicológica de mantener nuestra autocoherencia. Para mantenerla necesitamos poder validar y revalidar en cada acción el autoconcepto que tenemos de nosotros mismos.

Y eso podemos hacerlo desde la responsabilidad y el compromiso personal con nuestra mejora continua, comparándonos con nuestro yo de ayer. O podemos hacerlo desde la irresponsabilidad y el no compromiso personal, y comparándonos de modo absolutamente parcial con los demás.

Gran parte del problema es cultural.

Por un lado, nos han orientado a metas de rendimiento y no de aprendizaje, algo que ha dado como consecuencia que muchos de nosotros hayamos sentido que éramos queridos por ser los mejores respecto a otros y no por ser los mejores respecto a nuestros yoes anteriores. Eso ha provocado que buscásemos modos de autoengañarnos para conseguir ser los mejores a los ojos de los demás. Lo que tiene como consecuencia que nuestra energía no suele estar puesta en mejorarnos sino en impedir que los demás no vean que no mejoramos.

Por otro lado, vivimos en una cultura que es competitiva y en la que se establecen relaciones de status: o eres el de arriba o eres el de abajo, o mandas u obedeces. Nos han enseñado a ponernos arriba para no estar abajo. Nos han enseñado a rebajar al otro para, en comparación, estar arriba.

Sabiendo todo ello, se trata de que, por un lado, terminemos con las metas de rendimiento y que recuperemos la pasión innata por el aprendizaje. Por el otro lado se trata de que comprobemos cómo salir del rol del “one-up”, o lo que es lo mismo, cómo salir del rol “nosotros arriba” nos mejora en todos los aspectos. Porque nos rebaja el stress y nos conecta a las demás personas, lo cual aumenta nuestra salud, nuestra alegría, nuestra creatividad y nuestra energía.

Cuando salimos de esta necesidad de compararnos y de ser el de arriba, nuestra vida cobra sentido por si misma y tenemos ganas de responsabilizarnos de ella. Y así, de modo natural, vamos dejando de criticar y encontramos la diferencia entre la perfección, -que es fuente de competitividad y stres-, y la excelencia.

La excelencia nos lleva a hacer siempre las cosas lo mejor que podemos con los recursos que vamos aprendiendo e incorporando a su debido momento. Sin más, tranquilamente. Y nuestra conducta inspira a otros a realizar esos mismos cambios positivos y necesarios en su vida.

juna_albert-545x363Juna Albert

Coach para el crecimiento personal y la innovación personal y organizacional

Profesora en Universidades, Conferenciante y Escritora

www.junaalbert.com